Marta Álvarez Quintero: “Cuando empecé en la granja pensé, ‘no voy a volver a ligar en mi vida’”

La propietaria de Granxa Maruxa, en Monterroso (Lugo), es una de las responsables de la existencia –y el éxito– del festival Agrocuir.
Marta Álvarez Quintero. Fotos: Brais Lorenzo.

Marta Álvarez Quintero. Fotos: Brais Lorenzo.

Cuando Marta Álvarez Quintero (Vigo, 1971) tomó las riendas de la granja de su padre, en Cumbraos (Monterroso, Lugo), llovió durante siete meses seguidos. No sabía nada del campo, nunca había vivido en una aldea y acababa de sufrir un desengaño amoroso: su relación con la mujer por la que se había trasladado a A Ulloa había llegado a su fin. Hija de la fotógrafa Mary Quintero y de José Álvarez, «uno de los primeros propietarios de granjas que hubo en Galicia», cuenta, Marta tuvo que tomar una decisión. Y eligió quedarse en la granja.

Veintiséis años después de aquella decisión, Álvarez Quintero es la propietaria de Granxa Maruxa y una de las responsables de la existencia —y el éxito— del festival Agrocuir, un evento que reúne cada verano a cientos de personas amantes de la colectividad, la lucha, la identidad y los besos de amor diverso. Allí, en plena comarca de A Ulloa, Marta convive con el vecindario y el público en una aldea implicada en la defensa del territorio que, contra todo pronóstico, no ha perdido habitantes en todo este tiempo. Allí volvió a enamorarse. Y allí sigue defendiendo el territorio y luchando contra Altri.

¿Cómo acaba una viguesa en la granja de una aldea de Monterroso?

La granja la fundó mi padre hace muchos años, pero llegó un momento en el que mi madre le dijo: «A ver, Pepiño, o la granja o yo». Y él se fue con ella. Cuando se jubilaron los caseros que llevaban aquí toda la vida empezamos a alquilar la granja y, cuando estaba terminando el contrato de arrendamiento de los últimos inquilinos que tuvimos, yo, que estaba enamoradísima de una chica que vivía aquí, en Monterroso, decidí hacerme cargo de la granja cuando acabara el contrato. Ya tenía las tierras y, aunque las instalaciones estaban muy obsoletas, esa era una base muy importante.

¿Qué relación tenía tu familia su relación con el mundo rural?

El único que se dedicaba de alguna manera al campo era mi padre. Fue muy pionero, uno de los primeros propietarios de granjas que hubo en Galicia. En 1978 la suya era la cuarta granja de la comunidad. Empezó a traer vacas de Holanda, que llegaban al puerto de Vigo. Fue algo muy revolucionario: el primer silo que se hizo en la comarca fue aquí, y también el primer tanque de leche refrigerada. La piscina que tenemos en la granja es un tanque de riego construido hace 50 años porque mi padre decía que iba a haber problemas de agua en Galicia. Él siempre fue un referente importantísimo para mí, al igual que mi madre. Tomé la decisión sin tener ni idea de agricultura ni de ganadería. Simplemente mi corazón estaba aquí. Aquella chica y yo lo dejamos dos meses antes de empezar en la granja en serio, pero eso también está bien: fue un aprendizaje, tomé una decisión y decidí seguir adelante.

¿Cómo se toma la decisión no ya de vivir, sino de emprender en el rural?

En mi caso, creo que tuve la suerte de hacer siempre las cosas desde el corazón. Quería vivir aquí y tenía esa posibilidad, tenía ganas de hacer cosas y de aprender y así fueron surgiendo las oportunidades. Aluciné con todo lo que me enseñaron las vacas, la vida en el rural y lo que yo llamo «modo aldea»: tú siembras una pradera y tienes que esperar a que crezca, pero eso depende de cómo venga el tiempo; inseminas una vaca y esperas meses, pero a veces hay abortos. Nunca sabes lo que va a pasar y tienes que adaptarte. La adaptación fue una de las cosas más importantes de mi vida.

¿Recuerdas los comienzos en la granja?

Cuando empecé, el 1 de septiembre del año 2000, lo primero que pensé fue que no iba a volver a ligar en mi vida. Vi que estaba todo bastante desastroso, que no podía tener tiempo libre y que no podía tener a mucha gente trabajando conmigo. La ganadería de leche es todos los días, no hay domingos libres, no hay 1 de enero, no hay día de tu cumpleaños, tienes que ordeñar las vacas dos veces al día. Pero me lo tomé con gracia, sin resistirme. Con el tiempo fui haciendo una granja un poquito más estética, me parecía que tenía que hacer lo mismo que mi madre con la fotografía: toda la casa está pintada por Paula Fraile y siempre intento incorporar elementos artísticos. Tengo un robledal a la entrada de la granja y estoy dedicando cada roble a mujeres inspiradoras de la comarca de A Ulloa como homenaje. La lucha contra el proyecto de Altri también está muy presente.

Viviste en Vigo y ahora en Cumbraos. ¿Qué destacarías de vivir en el rural y qué tópicos generalizados crees que existen?

Pienso que muchos están muy equivocados. Al final, las gentes del rural somos muchísimo más abiertas de lo que se puede creer. Aquí la vida es mucho más intergeneracional: tenemos siete bares, dos librerías y poco más y, al final, si hay algún tipo de acto o un concierto nos juntamos todos y eso es enriquecedor. Aprendemos tanto de los pequeños como de los mayores. Eso no quita que, en mi caso, cuando empecé en la granja hubiera comentarios en la aldea como «esta chica de buena familia, con carrera, va a dejar la granja en nada», e incluso había apuestas porque nadie quería venir a trabajar conmigo. Y tenían algo de razón porque no sabía nada (ríe).

Pero se puede aprender, ¿no?

Se puede aprender, claro, como yo aprendí de las vacas y de la resistencia: el año que empecé en la granja llovió siete meses seguidos. Mi padre me enseñó muchísimas cosas, aunque ya era mayor, pero también estuvo un señor maravilloso, Daniel Currás, que murió hace unos años. Fue un alma caritativa. Empecé a trabajar un domingo y conseguí que viniera conmigo el sábado anterior. Creo que me vio y dijo: «Esta chica se va a meter en un fregao…» (ríe).

Se suele considerar que la aldea es menos diversa, menos abierta, más conservadora. ¿Qué opinas de eso?

No comparto esa impresión. Inicialmente me cerré, venía blindada de Vigo, había salido del armario muy pronto con el pleno apoyo de mi familia y llegué aquí pensando a ver cómo me aceptaban. Realmente lo que encontré fue un apoyo fortísimo de toda la aldea y pensé: «Pues a lo mejor eres tú la que está más cerrada». Lo que siento, y lo siento de verdad, es cariño y buen trato por parte de todo el mundo. Seguramente tengo más de un detractor, pero desde luego no lo percibo. Cuando empezamos a celebrar el Agrocuir creí que quizás algunas personas podían pensar mal, pero cuando aparecí de la mano de una chica me guiñaban el ojo en señal de aceptación.

Estuviste ahí en los inicios del Agrocuir, como una de sus impulsoras.

Quien lo inició todo fue en realidad Braulio Vilariño, con una iniciativa en Palas de Rei que se llamaba Orgullo Mohicano. Yo hice un festival en mi granja, el Monterrosón, vinieron tanto él como Davide Salvado y Adrián Gallero y dijeron que querían hacer un festival en Palas, el Agrogai. Pero cuando llegaron a la granja vieron que este era el mejor lugar: soy lesbiana, tengo una granja de vacas y vivo del rural. La manera en la que nació el Agrocuir fue algo precioso, había mucha autenticidad por todas partes.

El Agrocuir es todo un referente LBTIQ+ y hay réplicas en otras zonas de España. Queréis huir del macrofestival. ¿Por qué?

Es que esto es una celebración de vivir en el rural, de ser diversas, de compartir nuestras experiencias y una forma de defender el lugar donde vivimos, que es algo importantísimo: el Agrocuir no es solo un festival de diversidad sexual, es la defensa del territorio y de la sostenibilidad. Eso no es compatible con un macrofestival que lo que hace es generar basura. El Agrocuir siempre fue un festival diurno para poder hacer una romería, hablar y encontrarte con gente. No cobramos entrada, esto no es ningún gueto. Se trata de naturalizar la vida en la naturaleza, en la aldea, y compartir estas vivencias que tenemos sin masificar.

¿Cómo va creciendo el festival con el tiempo?

Nos gusta pensar en un crecimiento con réplicas en otros lugares. Hicimos el taller «Pon un Agrocuir en cada aldea» porque, viendo lo bien que le hizo a A Ulloa, tiene que ser algo pequeño que impregne el territorio para que esta diversidad que tenemos vaya creciendo. La apertura de la comarca fue alucinante, hubo mucha gente que salió del armario gracias a la normalización. Recuerdo que el primer año del festival se acercó un chico para darme las gracias. Me dijo que su hermano acababa de salir del armario y sus padres pensaban que su hijo era el único en el mundo al que le gustaban los hombres. Salieron aquel fin de semana a Monterroso y, al ver esa diversidad de hombres y mujeres besándose, para ellos supuso visibilizar y normalizar que todas las personas somos iguales.

El Agrocuir también fue un referente en la lucha contra el proyecto de Altri en A Ulloa, al igual que la gente de la comarca. Parece que finalmente se ha dado carpetazo al proyecto.

Sí, lo fue, pero todavía no se puede cantar victoria porque si cambia el Gobierno central puede haber cambios. Nosotros seguimos aquí, en la lucha.

En esas luchas, ¿tiene el rural un sentido de colectividad y comunidad que no tienen tanto las ciudades?

Por supuesto. Estoy convencidísima. En la aldea todos trabajan en sus propias fincas y en las ajenas cuando hace falta ayudarse con las cosechas, antes se iba en grupo al molino a moler… Esa cultura de comunidad que hubo siempre todavía está presente. Tengo amigas que viven en Vigo en bloques de viviendas de 200 personas y no saben quién más vive allí. Desde mi experiencia en el rural, sabes perfectamente quién linda contigo. Siempre vas a encontrar excepciones, por supuesto, pero, por lo general, si necesitas ayuda siempre vas a tener a cuatro personas ayudando.

Contra la tendencia general del rural gallego, ni la aldea ni la parroquia de Cumbraos han perdido población en 26 años. ¿Por qué crees que es?

El Agrocuir está haciendo que gente que viene como público —como pasó con varios amigos de Adrián Gallero— acabe viviendo aquí. Todos los años hay nuevas incorporaciones. Hay personas de Toledo, Santander, Madrid, Barcelona o Sevilla que compran casas, hablan gallego y bailan la muiñeira y tocan la pandereta mejor que cualquier gallego. La integración es impresionante. La comarca de A Ulloa tiene algo que atrapa y se está repoblando de gente interesantísima a nivel cultural. Está Ralf Jürgens, por ejemplo, que fundó la casa Do Picho, un hombre que trabajó por los Derechos Humanos en 83 países y decidió establecerse aquí e impulsar una residencia artística. Son cosas muy esperanzadoras. Y no solo desde un punto de vista de la productividad, sino de la cultura. Es habitar el territorio aprendiendo de él.

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