Una mirada crítica desde el monte, la academia y el activismo
Cada verano, el fuego regresa a Galicia como una trágica tradición ya integrada en nuestro imaginario estival. Tras los graves incendios del pasado año, que arrasaron más de 115.000 hectáreas en nuestro país, la reciente ola de incendios que recorre el Estado español, con episodios tan dramáticos como el de Almería, donde fallecieron 13 personas, pone sobre la mesa un concepto cada vez más repetido en los medios: los «incendios de séptima generación».
¿Pero existe realmente esta categoría o responde más a una estrategia narrativa que a una realidad científica? Desde Habitar o Baleiro conversamos con cuatro voces expertas del ámbito de la extinción, la investigación universitaria, la sociología y el ecologismo para analizarlo.
¿»Séptima generación» o comportamiento extremo?
El debate sobre los llamados “incendios de séptima generación” refleja más un intento por visibilizar la gravedad de los nuevos incendios que una categoría científica formal. Mientras que en el ámbito operativo se emplea este concepto para describir fuegos más rápidos, voraces y capaces de afectar a núcleos poblados o de alterar la propia meteorología, desde el ámbito académico se prefiere hablar de comportamientos extremos o de grandes incendios forestales.

Juan Picos, director de la Escola de Enxeñaría Forestal de la Universidade de Vigo (UVigo), explica el origen y aplicación del término: “El relato de las generaciones de incendios fue acuñado por Marc Castellnou, inspector de los Bomberos de Cataluña, y claramente triunfó. Los de séptima generación nunca los he visto descritos en la literatura, por lo que supongo que es una evolución más coloquial. La peor parte de esa terminología es que parece que cada generación está esperando a una generación siguiente.”
Por su parte, Albert Sandoval, bombero forestal de la BRIF de Laza, explica cómo se vive esta evolución a pie de monte: “Los virtuosos del fuego ya empiezan a llamar de séptima generación a los de más rapidez de propagación, más voraces, que afectan a núcleos de población y a bienes comunes.”
Sin embargo, existe el peligro real de que la ciudadanía se distancie de la percepción del peligro al emplear un lenguaje excesivamente complejo, como advierte la socióloga de la Universidade da Coruña Elvira Santiago: “Usar términos tan complejos dificulta que hablemos del problema real con un vocabulario que todos podamos comprender bien. Necesitamos un vocabulario común que sea lo más sencillo posible. El término ‘gran incendio forestal’ es lo suficientemente descriptivo como para poder trabajar y lo entendemos todas y todos.”
Sea cual sea la etiqueta, lo que sí resulta innegable es la capacidad de estos eventos para alterar el entorno. Como señala Juan Picos: “Normalmente es la meteorología la que condiciona los fuegos, pero estos son tan poderosos que son capaces de condicionar la meteorología.”
La eterna asignatura pendiente de la prevención
Si hay un punto de encuentro unánime entre todas las fuentes consultadas, es la desproporción entre los recursos destinados a la extinción y los dirigidos a la prevención y recuperación durante los meses fríos. En la actualidad, según nos indican, la mayor parte de los presupuestos y esfuerzos públicos se destinan a apagar los incendios durante el verano, dejando desatendidas las labores de limpieza de montes, la gestión de franjas de seguridad y la restauración de los terrenos quemados durante los meses de invierno.

Esta estrategia reactiva resulta, para todas las voces, insuficiente ante un escenario en el que los recursos técnicos se ven desbordados y en el que la falta de continuidad en las políticas de gestión del territorio impide abordar el problema de forma estructural.
Belén Rodríguez, secretaria ejecutiva de ADEGA y miembro de la Plataforma Monte Galego con Futuro, pone cifras a este desequilibrio en el Plan de Prevención e Defensa contra os Incendios Forestais de Galicia (PLADIGA): “La mayor parte del presupuesto del PLADIGA se destina a la extinción (el 75%), mientras que solo se destina un 25% a la prevención y un cero por ciento a la restauración. Los medios de extinción nunca serán suficientes si nos falta la pata de las medidas preventivas.”

Rodríguez denuncia también el escaso avance en los trabajos de regeneración tras las olas previas: “De todo lo quemado en 2025, que fueron 118.000 hectáreas, apenas se recuperaron unas 200 según los datos de la propia Xunta, una cifra irrelevante. Se perdieron 2,85 millones de toneladas de suelo fértil solo el año pasado.”
Desde la perspectiva sociológica, Elvira Santiago critica la visión lineal con la que las administraciones abordan la gestión del riesgo: “El problema es que se diseña de forma lineal: primero prevención, si no funciona pasamos a la extinción, después recuperación, y volvemos a empezar. Pero la realidad no es lineal. Aún no terminas con la recuperación y el fuego reaparece. La prevención debería ser un trabajo continuo en el territorio.”
Asimismo, Santiago remarca la insuficiencia de las estrategias actuales: “Con este tipo de fuegos es preciso reconocer que los medios técnicos no son suficientes, por lo que resulta incongruente dedicar la mayor parte de los recursos, tanto personales como económicos, únicamente a la etapa de extinción.”
El combustible perfecto
El abandono del mundo rural, junto con la pérdida del manejo agrícola y ganadero tradicional, se identifican como el combustible fundamental que alimenta estos grandes fuegos. La proliferación de masas forestales sin cuidado y el monocultivo de especies pirófitas facilitan que el fuego se aproxime de forma peligrosa a las poblaciones.

Albert Sandoval refleja esta transformación desde su experiencia directa en el terreno: “Casi todos los incendios a los que fui el año pasado eran de interfaz, en núcleos urbanos, urbanizaciones y aldeas. Eso es algo que antes no había: los pueblos están sucios, los ayuntamientos no los van limpiando, cuando antes había ganado y limpiaba, hacía de cortafuegos.”
La recuperación del tejido productivo rural y la diversificación de las especies vegetales, apostando por las autóctonas, surgieron en la conversación como la única tabla de salvación a largo plazo. Belén Rodríguez destaca la importancia de la biodiversidad: “Necesitamos dar vida al rural para que haya gente. Allí donde hay gente, sabemos que el monte no arde o, cuando menos, el fuego tiene muchas más dificultades para propagarse. Mantener una biodiversidad autóctona, sana, con especies propias y zonas húmedas, es fundamental no solo para parar los incendios, sino también para mitigar los efectos más negativos del cambio climático.”
Además de la ordenación del territorio, Juan Picos hace hincapié en la necesidad urgente de educar a la población ante situaciones de emergencia cada vez más frecuentes en zonas habitadas: “La preparación de la población es muy importante porque hay que asumir que esto va a pasar. Tenemos que preparar a la población para que sepa lo que tiene que hacer porque, si no, va a improvisar en la emergencia, haciendo la guerra por su cuenta, lo que supone una situación de mucho riesgo.”
¿Dónde queda la esperanza?
Las sensaciones ante la llegada de este verano son mayoritariamente preocupantes. Los incendios se adelantan en el calendario y la carga de combustible en el monte sigue creciendo sin control. Como sentencia el brigadista Albert Sandoval: “Nos tenemos que preparar para un monstruo que viene con ganas y, por encima, tiene comida, kilómetros y kilómetros, porque hay abandono en el rural y no se invierte en prevención como se debería.”
Sin un compromiso político y social firme que apueste por la prevención continua durante todo el año, por la recuperación demográfica del rural y por una ordenación del territorio basada en la biodiversidad, “seguiremos corriendo detrás del fuego, intentando vaciar el mar con cubos mientras el monte se consume”, concluye pesimista Juan Picos.